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La violencia invisibilizada

Estos días en las redes sociales calificaban de violentos a los manifestantes campesinos por algunos episodios aislados que se dieron en casi un mes de movilizaciones en la capital del país. Poco se habló de que la violencia empezó cuando el gobierno les propuso dejar sus cultivos de renta tradicionales para que se dedicaran a plantar rubros de exportación que finalmente fueron un fracaso por la falta de acompañamiento institucional. Poco se habló de la violencia que significa vivir con lo justo el día a día, sin salario mensual, sin seguro médico, sin oportunidad de ingresar a la universidad para profesionalizarse y buscar mejores horizontes económicos.

Las comunidades campesinas, abandonadas históricamente a su suerte, se movilizan por subsidio porque ya lo han perdido todo: vendieron su carreta, sus bueyes, la vaca que proveía de leche a sus hijos. Igual todo ese sacrificio no alcanza para pagar a sus acreedores. Miles de familias están en riesgo de perder el último recurso que les queda: su pedacito de tierra y, por lo tanto, la conclusión es que la promesa de precio y mercado para rubros de renta exóticos como el sésamo, la chía, etc., se ideó para desalojarlas de sus territorios. El capital financiero arrasa así el campo con voracidad, ansioso de arrebatar tierras, semillas y agua.

“El campo ya no aguanta”, dice Alicia Amarilla, de Caaguazú, al ser consultada. “El sector más abandonado y empobrecido por el modelo de producción vigente es el campesinado. El extractivismo y el acaparamiento expulsan de los territorios a campesinos e indígenas por igual con ayuda del aparato represivo del Estado. Si no resultan estos métodos, se fumiga sobre las cabezas con agrotóxicos para hacerles correr. La consigna entonces es mudarse o morir.”

“Porque nos negamos a desaparecer, la agricultura campesina sigue en resistencia”, mencionó Alicia, para quien el gobierno es el responsable de esta crisis, ante la falta de políticas públicas encaminadas hacia la Reforma Agraria. Se prioriza el modelo del agronegocio por encima de la producción campesina y esta convivencia es imposible por los monstruosos efectos de los agrotóxicos y los monocultivos.

No sorprendió el veto del presidente Horacio Cartes al proyecto de ley de condonación de las deudas que miles de familias campesinas contrajeron por confiar en las falsas expectativas del Estado paraguayo. Uno, porque decir que sí e inmediatamente que no es una constante en la conducta política del mandatario (recuérdese la enmienda y la reelección); dos, porque nadie desconoce para quiénes gobierna Cartes, y sus patrones –los gremios del agronegocio– dispararon con pronunciamientos y acapararon espacios privados en los medios impresos para advertir lo perjudicial que resultaría para el país una posible asunción de las deudas campesinas por parte del Estado.

El rechazo al proyecto de ley del subsidio tiene que ver con el avance del proyecto neoliberal. La prensa azuza el aparato de odio ideológico, la Iglesia guarda silencio y los viejos conocidos de la política criolla miden la temperatura para decidir si se colocan a favor o en contra, según convenga en su norte proselitista. Por más que ciertos comunicadores de medios corporativos con intereses en juego se empeñen en instalar medias verdades como que la agricultura campesina es una actividad de riesgo, lo cierto es que este asunto trasciende el ámbito de la economía: lo que aquí se visualiza tiene un trasfondo ideológico y de lucha de clases.

La compañera Hilda Santacruz, de Alto Paraná, nos contaba días pasados: “El poroto prende en seis meses y se vende a 3 mil Gs. el kilo en el mercado de Ciudad del Este. Para comprar 1 kilo de carne tenés que vender más de 6 kilos de poroto porque la carne te cuesta 20 mil Gs. el kilo”. Ella también dijo otra gran verdad: “Cuando el campesino se organiza para defender sus derechos, se le criminaliza, cae preso por movilizarse, se le persigue. Sin embargo a los grandes productores ‘a la hora’ se les da lo que piden”.

En la “campaña” la mujer se levanta antes que el sol. Cuando este toma altura, ella ya ordeñó la vaca, fue a recoger agua, juntó leña para preparar el fuego con el que calentar el mate, el desayuno y el avío que llevará su compañero a la chacra, que por lo regular queda muy lejos del rancho. Después va a ver por sus hijos en edad escolar, dar de comer a los animales y centrarse en otras tareas domésticas. Al mediodía, cuando el agricultor retorna, la comida ya está lista y puede descansar unos minutos antes de volver a sus plantaciones. La mujer y sus hijos seguramente le acompañarán a la siesta, para ayudar en la carpida o en cualquier faena que el proceso de producción requiera. “No hay descanso, no hay recreación para la familia campesina. No hay ingresos fijos, se vive del autoconsumo, de vender queso, carne de gallina, de chancho; se cura con pohã ñana porque no hay sistema de salud cerca”, se lamenta Hilda.

Mientras tanto, el campesinado sigue aguantando. Su oxígeno es la resistencia y su convicción de que la clase oprimida solo tiene un único camino, que es conquistar los derechos ante la negativa del Estado. La helada de julio pudo matar las últimas esperanzas al destruir la producción para el siguiente ciclo, pero la helada que más duele es la de la población que la califica de estorbo o de haraganes. La indiferencia del Estado ante el clamor de los excluidos es una violencia que cala hondo en su rutina, en sus mesas y en el futuro de sus hijos.

 

Fuente: https://www.conamuri.org.py/la-violencia-invisibilizada/

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